HECTOR MALAQUÍAS.  La única vez que se asomó más allá de su confín bastó a Hector Malaquías para decidir que se quedaría para siempre en su plácido Coyoacán dónde cada plaza es un universo constelado, cada calle una ruta infinita y cada esquina una encrucijada. HERNÁN CALDERÓN. Antes de hora, para poder cruzar hasta Chimalhuacán a rescatar a los chavos de los arpones de la mara, Hernán Calderón cierra su taller remendón y transporta a pedales los ideales de Madero, la venganza de Hamlet o el cuadrado de la hipotenusa. APOLINAR MARÍN. Los comerciantes de la calle Madero suplicaron al Jefe de Gobierno de la Ciudad que destinara al más alegre de sus uniformados, Apolinar Marín, a rondar del Zócalo a la torre Latinoamericana porque con su sola presencia las ventas se desbocan. DIEGO VIDAL. Espoleado por la promesa de los veinte mil pesos que se embolsará quien logre llenar el local de comensales, Diego Vidal se alza para lanzar su voz hasta las concurridas calles adyacentes a la caza de la abundancia que mana de las multitudes. FELIPE AMARO.  La Voz Azteca no fue solo una aventura que arruinó a Felipe Amaro sino que, con su hostigamiento, despertó la cólera del gigante que le clavó una banderilla en el costal y le obligó a exhibirse, doblegado, en el cruce de Insurgentes con Reforma. HUGO ARRELLANO.  Apenas oye la estridente sirena que trincha sus jornadas entre las clases y la vida, Hugo Arrellano vuela al almacén de ropa para afrontar otra tarde de repartos con el Certificado de Secundaria en el horizonte y los fardos en las cervicales. LUIS SALES.  Por la luz que perforaba la techumbre de la vieja casa, Luis Sales, corresponsal en África para El Universal, supo que ya era hora de regresar a México donde su pluma afilada en el dolor debía trazar ahora las batallas y las desnudeces propias. RAMÓN BASURTO. Por mucho que el sol lama las aceras, el rumor invada las plazas y los voceadores desembarquen con sus diarios, Ramón Basurto sabe que las mañanas no son mañanas mientras no acaba de aprovisionar el barrio de dulces, de chocolates y de alegría. LUCAS BELLO. Tras meses de debates, los maestros de Lucas Bello han acordado que el único modo de no defraudar su perturbadora e inalcanzable curiosidad es contraatacar acribillándole con dudas sobre la gloriosa historia mexicana que ya conoce al dedillo. ELIO CANO. Cuando las campanas quiebran diez veces el aire del inmenso Zócalo, Elio Cano hace una pausa para abrasar en pocas caladas el único Delicados que se consiente, al abrigo de la Catedral y de los fundados reproches de Rosita y del doctor Cuevas.
ANDRÉS AGUILAR. Aún no era de día cuando Andrés Aguilar, el primer agente de Seguros Atlas en el cincuenta y uno, ya estaba bajo los porches del Zócalo al acecho de oficinistas con aires de duque para empujarles a discernir entre el riesgo y la supervivencia. ARICHÉ APAHUITA. No cabe imaginar que Ariché Apahuita lograra recorrer sola el camino desde los bosques de Siltepec, salpicado de desniveles y dentelladas, sin haber llevado siempre bien ocultas siete semillas de Ojoche, el árbol que todo lo da y todo lo puede. TANIA ARDIJO. Eclipsada por el nueve con dos que brillaba en la lista y por las felicitaciones que se sucederían por su puesto en el hospital de Tláhuac estaba la promesa de conseguirlo que Tania Ardijo le hizo a Germán a la edad de las promesas sagradas. MARICELA CUATA. Sobre el aderezo mágico que otra cosedora le contó mientras bordaban pañuelos en un sombrío taller de Tijuana, Maricela Cuata ha construido la leyenda del puesto de chicharrones que los parroquianos se disputan apenas oyen el aceite crepitar. BONIFACIO CAMBRANIS. Fue una voz firme, descollada entre todas las voces, la que encomendó a Bonifacio Cambranis que se acomodara para siempre en el cruce de Madero con la Palma para diseminar su credo redentor con lisonjas a los rudos y embestidas a los cándidos. CLAUDIA ALMANSA. Gestos menudos y miradas inequívocas bastan para que Claudia Almansa perpetúe en la pequeña Lorena, como antes hizo su madre Rosa, los valores, la determinación y la deslumbrante sensualidad de las mujeres del istmo, únicas, matriarcas, zapotecas. ALICIA BELTRONES. Nadie sabe si el abuelo César, su juglar, su saltimbanqui y su casi todo eligió el acordeón para divertir a Alicia Beltrones o como parapeto tras el que resguardarse si alguna vez resucitaban para la familia los fantasmas de los días oscuros. SAÚL CORRAL. Como las súplicas, las cabriolas o las fábulas alambicadas no bastaban para superar la empalizada que le separaba de la hermosa Lucely, Saúl Corral se atavió con el único atuendo que le permitiría penetrar en la mansión sin levantar sospechas. DAMIÁN ELIZONDO. Pensaba haber superado todas la pruebas como escolta al servicio de los Díaz-Godoy, sorteadas las impertinencias del abuelo, soportado el carácter borrascoso del padre, hasta que Damián Elizondo se topó con el temperamento aniquilador de Hilda. MARGARITA PACHECO. Los domingos, liquidadas las tareas domésticas y desafiadas las pláticas de su mamá, Margarita Pacheco vuela con Rosarito y Esthela hacia la Colonia Roma para dejarse ver frente al Café Paraíso, el de los chamacos holgados y los bailes ceñidos.
IXCA TEPECATL. Cargado con sus cestos y sus fábulas, Ixca Tepecatl atravesó varios estados hasta detenerse en Coyoacán donde, con sus dedos hábiles y su verbo chispeante, muestra cómo entretejer la broza con la hojarasca hasta lograr hacer algo desde la nada.