PEDER BØDSKOV Las fábulas endemoniadas de su abuelo Lennart y el encuentro con aquella víbora en el camino de Gredstredbro dispararon para siempre a Peder Bødskov hasta los plácidos muelles de Copenhague, lejos de los bosques, de las quimeras y de sí mismo. KAARE BRAMSEN.  El calor ha sucedido al invierno y, a pesar de sus propósitos, Kaare Bramsen ni ha balbuceado a Sophie las frases hiladas, bellas, definitivas que palpitan en su cabeza cuando encuentra inspiración y valor en las sinfonías de Niels Wilhelm Gade. SOPHIE AHRENDTSEN. Será como el viento que revolotea arrullando las hondonadas, pensó Sophie Ahrendtsen, un día Kaare se detendrá frente a mí, me abrazará y me susurrará hasta quedar sin aliento sus versos confitados, romos como burbujas, penetrantes como floretes. METTE KLINT. Si sus hermanos no hacen una última llamada cargada de imaginación y de millones, Mette Klint, a punto de alcanzar el fastuoso hall de Skandicare, sabe que será con el poder y los honores de presidenta de la compañía que abandonará el edificio. TRINE CHRISTENDEN. Es la tenacidad sin falla que les ha enfrentado a todo la que ha convertido los locos encuentros sobre el mullido césped de Ørstedsparken de Trine Christensen con Magnus, su alumno más brillante, en la más bella historia de amor de Copenhague. ASTRID JØRGENSEN. Inflamable y volátil, propulsada por el incontenible anhelo de la fuga, Astrid Jørgensen, la hija del pastor de la iglesia de Grundtvig, aprovecha la templanza de las tardes de verano para vivir aventuras de ida sin destino y vuelta sin remedio. MOGENS JAKOBSEN. Estaba determinado, si Sophie volvía a cruzar Vesterbrogade sin reparar en él, en su traje de gerente o en sus calcetines de artista ambulante, Mogens Jakobsen adelantaría su bicicleta hasta convertir un pequeño tropiezo en su gran oportunidad. KARIN ADSBØL. Si la entrevista de las tres en el Teatro Tivoli se parecía en algo a lo que había ensayado mil veces, la joven coreógrafa Karin Adsbøl podría volar y hacer volar hasta destilar la tinta almibarada con la que se escriben los cuentos de hadas. MORTEN GAARDSTED. No lo dudó, cuando el entrenador le advirtió de que no integraría equipo olímpico de curling en los juegos de Nagano si no renunciaba a su encendido romance con Bertel, Morten Gaardsted prefirió el ardor de las chispas al hielo de las piedras. KRISTEN ENGELBRECHT. En el centro mismo de la Rådhuspladsen, a la vista de todos, Kristen Engelbrecht envolvió a Simon con la delicia del querer, esa que se sirve en finas láminas y se paladea sin apremio hasta que traza con gestos delicados la caligrafía del amor.
JENS GADE. A pesar de los años de desenvolturas, de sus clases henchidas de filosofía en el Søndre Campus y de la paz de lo cotidiano, fue solo cuando Eva le dejó que Jens Gade reconoció la felicidad por la asfixiante polvareda que levantaba al alejarse. ANNETTE KOLLERUP. Es en las interminables tardes de verano, con su luz tangible y perezosa que lo fija todo en Copenhague, cuando Annette Kollerup recolecta, alisa y tiñe las hebras con las que teje todos los cuentos que siempre quiso oír, pero nunca le contaron. ILDE SØLVHØJ. Si la señora Brosbøl volviera a extraviar las llaves o algún colega le entretuviera, Tilde Sølvhøj podría llegar a tiempo para, con cualquier de las excusas envolventes que colecciona, interceptar a Kristian, el perturbador profesor de biología. RASMUS JELVED. Tan cierta es la adoración que Rasmus Jelved siente por Hans Christian Andersen que dedica su vida a crear e interpretar los delirantes cuentos que, según él, el atormentado cuentista de Odense, ebrio de amores imposibles, querría haber escrito.